Hace un poco el autor Mark Manson, compartió una publicación en la que declaraba lo siguiente:

“Para ser felices juntos, primero tienes que ser capaz de ser feliz solo”

Déjame decirte que pienso de esta pieza de sabiduría de la cultura pop: es basura.

Ese es el problema de muchas aseveraciones de este tipo: son muy simplistas.

He aquí una pieza del filósofo Krishnamurti que captura mucho mejor la dinámica de las relaciones de cualquier tipo, no sólo las románticas:

“La comprensión del yo solo surge en la relaciones, al observarte a ti mismo en relación con las personas, las ideas y las cosas[…]. La relación es el espejo en el que se revela el yo.

Mucho más aburrida, pero mucho más acertada.

La cuestión es sencilla: si eres capaz de aceptarte y apreciarte estando solo, entonces habrás sido capaz de amar a una versión de ti. Pero el hecho de que ames a esa faceta de tu personalidad, no quiere decir que seas inmune a las tribulaciones de estar en una relación. O incluso, que ames y aceptes a quien eres cuando, parafraseando a Churchill, estás caminando por el infierno.

Las relaciones afectivas son increíbles, son uno de los mejores aspectos de estar vivos. Ganamos mucho al estar en ellas. Pero ya sabemos que toda luz, proyecta una sombra de igual intensidad. Así que, de la misma manera en la que una relación nos puede llevar a la cima de la felicidad, también nos puede lanzar a la parte más profunda de nuestro abismo.

Las relaciones son maravillosas y en esa misma medida, pueden ser espantosas.

Y esa es la cuestión, tú realmente no sabes quien eres cuando la tragedia desembarca. O quizá si lo sabes (si has estado ahí, en el ojo del ciclón), pero lo que si es cierto es que el "Yo” en tiempos de paz y el “Yo” en tiempos de guerra son distintos, y a veces, son fundamentalmente diferentes.

Hace un par de años una amiga, quien se consideraba a si misma como racional, tranquila y de un carácter relativamente estable, estaba sorprendida de como había reaccionado cuando su pareja amenazó con terminar la relación a causa de unas diferencias.

En medio del estrés emocional en el que se vio acorralada, ella reaccionó exactamente de la manera opuesta a como solía percibirse, con toda la emocionalidad que creía ajena a su personalidad: se desesperó, gritó, negoció con torpeza y colapsó.

Unos días después, refiriéndose a este episodio de estrés emocional, me dijo: “bueno, hasta a los mejores cazadores se les escapa una liebre.”

Pero la realidad es que ese episodio no se trató de un tiro errado. Esa emocionalidad que la invadió cuando el estrés se presentó, no vinieron de ningún lado, surgieron de ella misma, de los confines de su personalidad. Cuando menos, de las partes de su personalidad que surgen en presencia del caos, de la tensión, del miedo ante la incertidumbre.

Una faceta de ella misma que no tuvo oportunidad de experimentar en sus días de paz. Una faceta que aun no ha aprendido amar y aceptar, y que en tiempos de orden y armonía, queda oculta en lo que los psicólogos transpersonales llaman “la sombra”.

Así que, como Krishnamurti apuntó, “las relaciones son el espejo en el que se revela el yo”.

Y se revela en todo su esplendor: descubre las partes más luminosas de nuestra personalidad, nuestras virtudes, y manifiesta nuestras emociones más sublimes. Y de esa misma manera, revela a nuestro Yo oscuro, al gemelo malvado que mantenemos encerrado en el sótano, porque representa todo lo terrible y vergonzoso de nuestra personalidad. Aquello con lo que el “Yo luminoso” detestaría ser asociado.

En medio de las tribulaciones de una relación, de pronto uno puede descubrir facetas de su personalidad que hasta el momento desconocía, o cuando menos, que ignorábamos con que extremos se nos podrían presentar. Y así, en las relaciones afectivas podemos sentir celos enfermizos, rabia desaforada, tristeza, soledad y abandono, en unos niveles que de ordinario no sentiríamos.

El fotógrafo Armenio, Yousuf Karsh, señaló:

“El carácter como la fotografía se revela en la oscuridad”.

Una manera de entender esto es: no sabrás quien eres en toda su extensión, si caminas solo por los linderos más floridos y soleados de la existencia, no hay manera de que lo sepas porque esos caminos, iluminan solo una parte de ti. La oscuridad de los pantanos, los caminos sinuosos y accidentados, manifiestan al Yo oscuro, al Yo repulsivo del que te avergüenzas.

Y la realidad es que no vamos a llegar muy lejos, si solo nos dedicamos a reconocer y aprobar al Yo luminoso. Amar a la faceta de tu personalidad que surge cuando te encuentras libre de preocupaciones y tensiones es relativamente sencillo. El desafío consiste en mirar en lo profundo de tu abismo y reconocer todo lo terrible y tenebroso que existe en ti, al envidioso; al pendenciero; al controlador, mentiroso, manipulador y autoritario; al Yo orgulloso e iracundo que rechazas y que crees que solo surge cuando un otro externo lo provoca.

Desde luego, reconocer a la Sombra no equivale a decir: “oh, bien soy iracundo y mentiroso, que así sea” no equivale a solapar esa faceta de tu personalidad. En cambio, como los psicólogos profundos señalan, se trata de reconocer las partes oscuras de ti -todo lo que rechazas de ti-, para trascenderlas e integrarlas, de modo que puedas emplear esa energía liberada en cuestiones más productivas.

Así que ahí tienes una razón más de porque las relaciones afectivas y románticas son increíbles, no solo porque son un antídoto para el ocasional sin sentido que parece tener la vida, y porque nos llevan a experimentar emociones extáticas y sublimes, sino también porque son el espacio que nos permite reconocer nuestra personalidad en toda su amplitud, “un espejo” como señalaba Jiddu Krishnamurti, en el que podemos conocernos a nosotros mismos y evolucionar.

***********

¡Gracias por leerme!‍

¿Ya no sigues en Facebook e Instagram?

Aquí te dejo la edición anterior del newsletter por si te la perdiste.

Enviado por
José M. Reyes